sábado, 23 de abril de 2011

Vargas Llosa, go home

Y ahí van en procesión.
Los mismos de siempre.
Fiscales de las buenas conductas, de la moral, de los principios irrenunciables.
Son los mismos que se ruborizaron e indignaron cuando Diego dijo su famosa frase "Que la sigan chupando."
Parecía que nadie hasta él, había bastardeado el lenguaje en la televisión.
Hoy se indignan con la carta de Horacio González.
Levantan las banderas de la libertad de expresión y se vuelven justicieros de la lucha contra la censura.
Ustedes se preguntarán cómo sé que estas personas son las mismas que las que se horrorizaron con Diego.
La respuesta es muy sencilla.
Cuando hablan de la imagen exterior, del papelón que hacemos afuera, de qué van a pensar de nosotros.
Esa es una receta infalible, son los mismos, no hay duda.
Pero el debate no está en sentirse o no burguesmente afectado por indignaciones berretas.
La gran discusión es otra.
Pensemos en Vargas Llosa, ese convertido al revés, como una vez expresó Abelardo Castillo.
En general cuando decimos que alguien se convierte, pasa de una vida desdichada con conductas equivocadas a algo que le produce un cambio positivo.
Un paso de la confusión a la claridad.
Con don Mario, pasó al revés:
Viaja desde hace tiempo de la luz a las penumbras.
Comenzaron apagándose sus lamparitas hace muchos años, cuando se fue separando de la amistad de Julio Cortázar justamente por estas mismas cuestiones.
Pero el dilema tampoco está en cómo piensa Vargas LLosa.
Cada uno que piense lo que quiera.
El problema de fondo está en la forma agraviante para los argentinos, con declaraciones insultantes para dos de nuestros presidentes elegidos por el pueblo, criticando la forma desacertada de elegir y esa persistencia en equivocarnos.
Hay algo de descortesía, de mal gusto, eso de andar hablando de los otros sin estar en la escena.
Sería como ponernos a criticar a un vecino, juzgando como gasta sus ahorros, lo que hace con sus hijos, poniéndonos a darle consejos sin que nadie nos lo pida.
Dar consejos sin que se nos pida es una de las formas aceptadas de la mala educación.
Una elegancia patética del chusmerío que lo haría decir a Larguirucho su famosa frase " Nunca falta alguien que sobra."
Encima con términos muy desagradables, sólo comparables con aquel presidente uruguayo que expresara alguna vez que los argentinos éramos todos unos ladrones.
Pero a algunos argentinos les gusta ese tono juzgador.
-Tiene razón- afirman confundiendo autocrítica con pegarse a sí mismos..
Y llama la atención, cómo estas personas que levantan las banderas contra la censura, se quedan pasivos frente a alguien que agravia a presidentes elegidos por el pueblo.
¿ Por qué entonces invitarlo a Vargas Llosa?
¿ Invitarían a cenar a su casa a alguien que fue descortés y agresivo con ustedes?
Hay algo de faquir doliente en algunos argentinos.
Algo de baja autoestima, de recibir con honores a quienes nos tratan mal.
Una especie de sadomasoquismo burgués .
Para los que hablan de censura, les voy a dar la razón.
Yo jamás hubiera censurado a Mario Vargas LLosa porque jamás lo hubiera invitado.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La señora de Plateachota y la viuda de Doralenga.

El lujo es el triunfo de la apariencia sobre la sustancia.
Bruno Munari


La señora de Plateachota vivía brillando.
El asunto es difícil de explicar.
En realidad creía que brillaba porque brillaba en serio, literalmente, usando adornos plateados.
Si se compraba un pareo, en algún lado iba a tener lentejuelas, por más que el marido siempre le reprochaba cuando le acariciaba los muslos, que se pinchaba los dedos y se raspaba las manos.
Hasta un día se le hizo un corte sangrante en el anular, teniendo que mentirle a los amigos de paddle.
Cuando ellos le preguntaron lo sucedido, el maltrecho esposo inventó que se había cortado con un cuchillo mientras pelaba una cebolla preparando su especialidad: pollo al verdeo con papas noisette.
Pero la señora seguía más preocupada en sus arreglos que en él, siempre atenta a comprarse cada dos meses algo para ponerse, como aquellos aros muy grandes y plateados porque según ella le resaltaban su perfil.
Las cortinas de su habitación eran raras. No podían caer derechas, en forma recta y sencilla.
Tenían que hacer una especie de contorsionismo obligado, atadas por unas abrazaderas plateadas que no las dejaban ser libres.
Por esas telas de raso , la señora de Plateachota perdió la amistad más querida de su infancia, cuando su amiga le dijo que a esas mismas cortinas las había visto en el albergue transitorio más barato del bajo Flores.
Pero su pasión plateada era más importante que su amiga, porque la señora de Plateachota se sentía diferente y muy fina.
Sus adornos les mostraban a los demás su espíritu detallista; siempre cuando veía a Mirtha, no podía dejar de decir que ella tenía también su glamour y que si no fuera por su madre que le prohibió ser actriz, hubiera llegado tan lejos como la diva.
La viuda de Doralenga en cambio, no era de mirar mucha televisión.
Decía que lo de ella era la meditación , la grafología y su amor a las plantas.
Se sentía distinguida con su curso de dorado a la hoja que le había permitido no dejar ningún objeto libre de brillar como un sol artificial.
En la década del noventa, se compraba realmente objetos de oro mientras vivía su marido; pero ahora, viuda y sola, se conformaba con fantasías bronceadas en sus maquillajes, pulseras y demás accesorios.
Pero con su esposo, en aquella época, había tenido mejor suerte que la señora de Plateachota.
A él también le encantaban las cadenitas de oro, los relojes con mallas bien anchas para que todos supieran que su pasión dorada, les daba a los Doralenga distinción.
Distinción, no glamour.
El glamour es para las putas bataclanas, decía la viuda a solas con su marido en esas charlas de poco sexo, antes que él muriera de un paro cardíaco mientras se encamaba con la mucama.
Pero ese día ahí estaban, la señora de Plateachota y la viuda de Doralenga.
Tomaban el té en una confitería que según ellas, era la mejor del barrio de Flores porque hacían unas tortas riquísimas.
Las tortas siempre estaban en blondas doradas y plateadas, y tenían crema, dulce de leche y una decoración tan recargada en caramelo y merengue, que con sólo mirarlas uno sentía que engordaba cinco kilos.
Pero las señoras iban a esa confitería todos los viernes a la tarde, desde que se conocieron en un curso de historia de la cultura, a la vuelta del museo de Bellas Artes.
Siempre hablaban de la arquitectura religiosa, de las iglesias y su estética monumental, de la catedral de Valencia, la catedral del Santo Cáliz como ejemplo del amor de los hombres hacia Dios, en sus esculturas aúreas, sus mármoles y relieves centelleantes, sus frescos restaurados que habían quedado esplendorosos.
Amaban y hasta se emocionaban con tanta demostración de desmesura espiritual.
Pero entre tanto té y tortas que parecían altares barrocos, las dos señoras competían.
Secretamente competían.
Cada semana, el mozo José notaba que en la mesa de ellas, siempre junto a una ventana para que las vieran desde la calle, las luces del lugar brillaban más.
En realidad no era que brillaban.
Rebotaban en los adornos de las señoras y entonces los dorados y plateados crecían con intensidad.
Una semana, estaban más fulgurantes los dorados.
Pero al viernes siguiente, las luces plateadas dominaban la mesa.
Aunque la señora de Doralenga no lo iba a permitir, entonces a la semana siguiente a sus aros y collares le sumaba una peineta, reflejando en su cabeza una especie de luminosidad de ambulancia pero con luces amarillas.
Y ahí venía doblando la apuesta la señora de Plateachota.
Porque al viernes siguiente, se ponía directamente un sombrero plateado, con flores plateadas, blusa plateada que hacían que pareciera la tía paqueta del Mago de Oz.
Pero nadie hubiera imaginado lo que ocurrió después de varios meses de estas olimpíadas brillantinas.
Antes de aquel viernes fatal, ya a José , la semana anterior, le había costado mucho servirles el té con sus porciones de tortas acarameladas porque no podía llegar hasta la mesa, encandilado por luces que lo enceguecían.
Hasta había tenido una discusión con su patrón, por pedirle permiso para poder usar los viernes anteojos oscuros .
Casi lo terminan echando, porque José no aceptaba el argumento del dueño explicando una y otra vez, que un mozo atendiendo con anteojos oscuros iba a terminar generando desconfianza en los clientes.
Pero ese día sucedió la tragedia.
La señora de Plateachota y la viuda de Doralenga habían llegado a la hora de siempre, en la misma mesa, sentadas siempre de la misma manera.
Estaban más radiantes y luminosas que nunca.
Pero los mozos y el dueño estaban acostumbrados, y no notaron nada extraño al principio.
Sólo al cabo de cincuenta minutos, el mozo José notó algo raro porque todavía las señoras no le habían pedido el té con las porciones de torta.
Fue por esa razón, que decidió mirar hacia la mesa de ellas.
No podía sostener la vista. La luz era casi celestial, tremendamente de oro y plata, una suma de luces inmóviles.
Las dos señoras se habían convertido en una marquesina.
Cuando José se acercó a la caja a contárselo al dueño, éste le dijo que disimulara o lo echaba definitivamente, porque la clientela si se daba cuenta quizá empezaría a decir que ese efecto de inmovilidad lo habían provocado las tortas por tener la crema en mal estado.
Entonces José esperó la hora en que la confitería estuviera vacía y con la ayuda de los demás mozos, retiraron la marquesina llevándola para el depósito.
Unas semanas después, el dueño, con esa habilidad comercial que lo hacía ser definitivamente el dueño, tenía dos candidatos interesados en ella:
Un empresario que tenía un carrousel en el Parque de La Costa y otro de espectáculos que quería darle mayor importancia al frente de su teatro en la calle Corrientes.
Finalmente la marquesina fue vendida para el teatro de la calle Corrientes.
Entonces lo que parecía una tragedia, resultó teniendo un final feliz:
La señora de Plateachota y la viuda de Doralenga desde aquel día empezaron una vida distinguida y luminosa, con ese brillo que solamente regala el destino a las estrellas.

jueves, 28 de octubre de 2010


El viaje de Néstor

Un periodista aparece señalando el cabildo pintado y los graffitis en las calles , mientras en forma prejuiciosa muestra a unos muchachos que vinieron en un camión.
Les pregunta quién los manda y les paga por eso, presentando como original , dos ideas ya lisas de tanto lijarlas:
Que los peronistas son inadaptados y que los llevan por un choripán.
El periodista mira solamente a estos dos muchachos, quizá por tortícolis , más en el cerebro que en el cuello.
Si tan sólo girara su cabeza mirando hacia la plaza , vería a una multitud espontánea, con hijos y bebés con sus carritos, o estudiantes muy jóvenes que están despidiendo a uno de los hijos del pueblo y al mejor alumno de Perón.
El periodista no juzga su pensamiento con la misma vara.
Si le interesara el espacio público, también tendría que hablar de la permanente contaminación en la ciudad de empresas que nos obligan a todos a a ver gigantografías del mundo del consumo o escuelas públicas a las que se les caen los techos a pedazos.
Si le interesara el motivo que mueve a las personas a apoyar a un candidato, tendría también que hablarnos de gente de clase media que votaron tantas veces pensando en las cuotas de sus autos, sus electrodomésticos, sus viajes felices con plata bien dulce.
De la misma manera, también a empresarios que ponen su voto de acuerdo a la conveniencia de sus empresas.
En la plaza , a espaldas de él, una señora comenta que gracias a Néstor, su villa tiene calle, su familia tiene casa, su marido volvió a trabajar.
Parecen no ser para algunos argumentos inobjetables, piensan en el populismo mientras añoran la época en la que se podía viajar por el mundo con el dólar uno a uno a costa de los demás, costumbre a la que que en el idioma técnico de la economía, con absoluta liviandad, cuando las cuentas después no cerraban le ponían el nombre de costo social.
Mientras, las corrupciones del presidente de turno eran festejadas con risas y expresiones faranduleras como " el turco es un genio", mientras los sindicalistas más cercanos al poder, no hablaban de las paritarias como estrategias de negociación, sino de dejar de robar por dos años.
Desde arriba de sus autos, algunos festejan con bocinazos y saludan con alegría a la muerte.
Por sí sólo, eso daría pavor al sentido común, reeditando aquella frase también puesta en una pared:
Viva el cáncer.
La gente que toca esas bocinas y festeja desgracias ajenas no cree que eso es una forma de violencia.
Censuran las peleas de los piqueteros , obreros y sindicatos, mientras desde sus autos enarbolan otra idea sin originalidad:
Habría que matarlos a todos.
Pero en la plaza, se descubre que el silencio también puede ser una forma contundente de la tristeza.
Cada tanto, aparecen cantos sustanciosos, pero hay ojos cansados de tanto llorar, y columnas de trabajadores y personas invisibilizados por los medios desde hace ya mucho tiempo.
Pero hay jóvenes, entonces hay ideales.
Mientras todo eso ocurre, Néstor empieza su transformación inmortal .
Ese viaje del hombre al mito, al ser bendecido por la memoria popular, que no es otra cosa que haberse ganado el derecho de ser recordado por siempre.
Y entonces las lágrimas de todos se convierten en el río de Heráclito, que al evaporarse, al igual que la lluvia y la esperanza, llevará hasta el cielo, si es que ahí van los mejores hombres, a uno de los hijos del pueblo y al mejor alumno de Perón.